¡Hola! que tal, mi nombre es Ricardo Andrés Londoño; soy uno de los residentes más antiguos de la Fundación, ya que empecé tratamiento al mes siguiente de la apertura. Esta es la historia de los inicios institucionales, desde mi recuerdo:
La obra surgió por iniciativa del Señor Alvaro Enciso Vergara, quien vivió en carne propia las consecuencias de la adicción y logró rehabilitarse a través de la experiencia en comunidad terapéutica.
Agradecido con esta oportunidad que le daba la vida, quiso aportar su compromiso y energía, para que hubiera más luz en medio de tanta oscuridad, fundando una nueva institución que atendiera a los afectados, como él, por el consumo de drogas y buscó apoyo en personas cercanas, igualmente sensibles al problema.
Tal sueño tenía muchos obstáculos por superar. Para mí, el principal debió ser que creyeran en él. A la gente le cuesta tenernos fe después de haberlos defraudado tanto.
El Señor Rodrigo Solórzano, ex-alcohólico, poseía un predio apto para las instalaciones del hogar y le propuso a Álvaro la cesión del contrato de arrendamiento, que otorgaría con grandes facilidades de pago, si se dejaba por escrito el proyecto de la fundación. Nuestro gestor puso manos a la obra y durante días se dedicó a redactar la propuesta.
El nombre de la Institución tiene una linda anécdota: Álvaro, ya cansado de pensar en posibles nombres que no le satisfacían; en presencia de su madre, pidió al cielo que le diera una “luz” y el cielo no se hizo esperar. De inmediato decidió que la naciente institución se llamaría “Fundación la Luz”, designación que reflejaba plenamente su sentir, quería que la entidad fuera un faro de esperanza para tantos proyectos humanos por construir.
El día 2 de enero de 1996 se hizo la inauguración oficial en el Hatillo, corregimiento del Municipio de Barbosa (Antioquia). El fundador y los que le secundaban contaban con muy escasos recursos cuando llegaron a la finca donde iban a instalar el hogar. Doña Claribel, la madre del Fundador, donó el primer mercado que costó doscientos treinta mil pesos. Tenían que hacer otra gran cantidad de gastos, pero no se desanimaron. Guardaban la esperanza de realizar tan hermoso sueño.
La Institución se dio a conocer en Medellín, empezaron a llegar muchas personas que querían cambiar. El hogar tenía cupo para cuarenta usuarios y ya casi lo habíamos duplicado.
| El siguiente paso de Álvaro fue recibir a su primer residente, suerte que le tocó al joven Sergio Vanegas quien avanzó en proceso y llegó a ser parte del equipo del hogar. Luego vendrían, Ángel Saldarriaga, Edison Uribe y otros que no recuerdo. Ellos, con las ganas de salir adelante, a su modo, hicieron brillar también, para los adictos y para la sociedad en general, esta nueva Luz de alegría y esperanza. |
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Se abrió, una oficina detrás de la Iglesia del Poblado, con el fin de evitar que se desplazaran hasta tan lejos las personas que querían saber de la Fundación y para contactar en Medellín, aprovechando la cercanía, otras empresas que nos apoyaran. Fueron trasladados varios residentes, avanzados en proceso, que atendían y cuidaban este nuevo espacio de intermediación.
La institución había cumplido su primer año y era urgente encontrar un lugar más amplio para acoger a los residentes. Se alquiló una finca grande que quedaba por la autopista Medellín – Bogotá. Contaba con amplias habitaciones, bellos prados, espacio para cultivar y poner una granja autosuficiente.
Seis meses después, ante la necesidad de espacio, trasladamos las dos sedes a una finca en Copacabana. Le doy gracias a Dios porque al fin, encontramos un lugar tranquilo, estable, cómodo, amplio, con zonas verdes y piscina, en el que nos sentimos sumamente bien. Ahora se vislumbra un futuro lleno de esperanza y oportunidades para los adictos, las familias y toda la sociedad.